11/2/15

De rerum motione

Buenas salenas, aquí estoy con otra participación en la escena de Literautas: la jaula, el teléfono y el sombrero. Para leer la versión original y los comentarios que recibió (con debate incluido!), clic aquí.


Sobre el papel en la mesa, la birome ha estado trabajando todo el día, y no parece que vaya a detenerse pronto. Una resma en blanco yace a su izquierda y una exigua pila de hojas escritas, a la derecha. A los pies de la mesa y de la silla junto a ella, crece constantemente un cementerio de papeles abollados.

En torno a la mesa, la silla y los bollos, va y viene una fuerza invisible que altera la quietud de los objetos a su paso: una escoba se hamaca en el aire, los muebles se corren de lugar, una jaula abre su puerta para permitir que un comedero se llene de alimento, un plumero acaricia fugazmente los adornos de los estantes…

Sin embargo, ni los muebles, la escoba, o el plumero se acercan al centro de la sala donde la birome se afana sobre el papel. Sólo la fuerza inasible se detiene cada tanto a su alrededor, como expectante. Pero la pausa dura tan sólo un instante, y los objetos vuelven a moverse.

Un libro alza el vuelo para terminar suspendido sobre un sillón. Así permanece largo rato, mientras va pasando, perezoso, las páginas. Las agujas del reloj colgado en la pared giran, imparables; las hojas abolladas siguen cayendo al piso. 


La pila escrita ha crecido un poco.

Suena el teléfono; el sillón se queja sordamente bajo el peso que se mueve. El tubo se eleva y permanece en el aire, cerca del libro. Un murmullo de voces, y el aparato vuelve a su estado de reposo. El hueco de la biblioteca, por su parte, vuelve a llenarse con la presencia del volumen sin terminar de leer.

Poco después, sale del dormitorio un par de zapatos marrones, como de hombre. Se detienen un momento junto al perchero, justo lo necesario para que el sombrero se coloque aproximadamente a 1,75 metros sobre ellos, y se van al corredor,  al ascensor, a la calle.

Sólo en el instante en que se oye el clic de la puerta al cerrarse, la escritura cesa bruscamente. La silla se aleja un poco de la mesa, y del montón de hojas abolladas emerge el rumor de unos pies descalzos. El eco de los pasos ansiosos recorre el departamento de un lado a otro, y pronto se convierte en el taconeo de un par de zapatos negros, como de mujer, que desaparecen presurosos tras la puerta, para regresar media hora después.

Lentamente se mueve la silla; el calzado se pierde bajo los bollos de papel. La birome permanece inmóvil, y no parece que vaya a reanudar pronto su trabajo.

 

De nuevo el clic de la llave en la cerradura corta el silencio de la tarde. El sombrero flota de vuelta hasta el perchero. Los zapatos marrones se acercan a la mesa. De una caja aparecida como de la nada, surge una máquina de escribir. Una hoja de papel en blanco se inserta delicadamente en ella. Otra silla se arrastra para acompañar a la primera, y, ante una mirada atónita, la máquina comienza a pasar en limpio lo escrito a mano. Sólo en ese momento,  la birome se levanta y vuelve a moverse




Imágenes extraídas de  




 

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