22/9/14

Un día un vendedor de globos



 Un hermoso día de sol. Los niños jugaban en el arenero, mientras padres y madres, sentados cerca, conversaban entre ellos. De a poco comenzó a oírse una voz; una palabra llegó a los oídos de los niños: ¡globos!, y todos levantaron la cabeza. Se acercaba un vendedor de globos, pregonando a viva voz:
-¡Grandes y pequeños, redondos y alargados, de todos los colores, globos voladores!

Los adultos se alarmaron al oírlo (demasiado tarde), pues ya veían que sus hijos corrían hacia ellos para pedirles que les compraran uno. Era muy difícil decirles que no, porque ¿quién puede negarle un globo a su propio hijo? Además, pronto se corrió la voz de que el precio era irrisorio, un regalo. De modo que cada uno compró sin pensar ni prestar la menor atención a lo que el risueño vendedor conversaba con los pequeños: 

-Deben cuidarlos mucho, porque son mágicos. Si desean que los lleven a algún lado, se lo piden por favor, se agarran bien fuerte, y luego le dan las gracias.
Los niños miraban sus respectivos globos con ojos muy abiertos y los abrazaban con delicadeza, mientras preguntaban:
-¿A cualquier lado?
-¿Y no se cansa?
-¿Y si se pincha sin querer?
            -No debería llenarles la cabeza con tanta fantasía –intervino un padre muy serio alargándole una moneda –, realmente se lo creen, y cuando se decepcionan, los tenemos que consolar nosotros.
            -¡Pero señor, todo lo contrario! – Replicó el vendedor sin perder el humor –Además… esto no es una fantasía –agregó, guiñándole un ojo a una niñita que estaba a su lado. Y repartió globos entre otros padres serios y madres distraídas, pendientes de que sus hijos no se ensuciaran la ropa.



    
         Los niños, mientras tanto, comparaban sus nuevos juguetes, ahora los más preciados que tenían, y empezaron a desear en voz alta ir a la China, a Madagascar, a la Isla del Tesoro. De repente, los globos se fueron elevando con delicadeza, haciéndolos levantar sus bracitos, y sus pies fueron despegándose del césped. Y si para ellos esto era algo totalmente esperable (pues ya lo había dicho el vendedor), era evidente que para sus padres no, quienes al principio no lo podían creer. La primera en reaccionar fue la esposa del padre serio. Corría y estiraba sus manos, intentando alcanzar los piecitos de sus hijas, llevando aún su propio globo sin darse cuenta. 

            -¡Chicas! ¡Sofi, Flor! ¡Vuelvan por favor!
            Las pequeñas se elevaban, se alejaban lentamente y saludaban hacia abajo.
            -¡Adiós, mami! ¡Nos vamos a Japón!

            Los demás padres seguían a la mujer con los brazos en alto y los ojos ansiosos mirando al cielo, y repentinamente sintieron que sus pies también dejaban de tocar la tierra y continuaban su carrera en el aire. Todos miraron hacia abajo sorprendidos, algunos de ellos se aferraron más al globo, otros volvieron la mirada hacia sus hijos.

            Desde la plaza, el vendedor observaba cómo los globos se iban separando y reagrupando, reuniendo a las familias. Y cuando los últimos ya eran apenas un punto en el cielo, bajó la vista. Sólo quedaban algunos ancianos que daban de comer a las palomas o paseaban a sus perros, una que otra parejita caminando de la mano, un deportista que pasaba de vez en cuando.

            Bajo el cielo limpio, ya no tenía nada más que hacer. Guardó las manos en los bolsillos y se fue silbando.

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