14/9/14

Cómo entretener a tu hijo un rato y no morir en el intento

Aquí dejo mi última participación en el taller de Literautas. Para ver las condiciones de la escena, hacer clic aquí. El trabajo de escritura fue todo un tema, porque, aunque las palabras a incluir no me llamaban demasiado, el reto adicional era muy tentador. Lo malo fue que los malabares que hice para evitar los calificativos hicieron que me pasara del máximo permitido de 750 palabras, de modo que me vi obligada a recortar. Y así y todo, se me escaparon unos cuantos (y eso que lo revisé varias veces!).

Para ver la versión original y los comentarios recibidos, clic aquí.

-Ma, ¿falta mucho?
-Sí, Silvio, hace diez minutos que estamos en la fila. ¿No ves la gente que tenemos adelante?
-Me aburro, ¿puedo jugar con el celu?
-Le gastaste la batería jugando en el colectivo.
-Ufaaaa, me aburrooooo, ¡quiero entrar ya!
-Yo también, hijo, pero tenés que aprender a tener paciencia.
-…
-Ya sé, ¿te conté de la vez que resolví un caso en un circo?

-¿Éste?
-Eeeehh… no, uno que vino hace mucho tiempo. Tenían un elefante que desapareció antes de la primera función.
-¿De verdad?
-Sí, de verdad, entré a la oficina del dueño, que también era como el presentador, y le dije:
“Soy la detective Lavinia di Fiore, me informaron que perdieron un elefante.”
“Ah, sí”, me respondió, “por favor, necesitamos que lo encuentre pronto; ya vendimos veinte funciones y no podemos cancelar. Tenemos que actuar en una hora.”
 “De acuerdo”, le dije, “me voy a trabajar.”

Primero decidí interrogar a los actores. Fui con los Trapecistas, que formaban toda una familia y se estaban preparando. Eran como cincuenta. Me asomé a la carpa y dije:
“Estoy investigando la desaparición del elefante. ¿Ustedes saben algo?”.
Ni me miraron. Sólo la abuela se acercó y me respondió:
“No sabemos nada. Ahora váyase porque mi marido quiere descansar antes de la función.” Señaló hacia arriba: el abuelo dormía colgado del trapecio, como los murciélagos.

            Después fui a lo del Mago. Se peinaba los bigotes mientras su Asistente afilaba los cuchillos y espadas en una piedra de afilar.
            “Señor Mago, investigo la desaparición del elefante. ¿Sabe algo?”
            “Soy ilusionista, señorita, I-LU-SIO-NIS-TA”, me respondió con enojo. “Y no sé nada.”
            “¿Y su ayudante?”
            “Ella no habla.”
            La miré, era apenas una muchachita y manejaba unas cuchillas que daban miedo.
            “¿Por qué?”, le pregunté al Mago.
“No sé, nunca me dijo. ¿No acabo de decirle que no habla?”

            Ese Mago me caía muy mal. Después fui a la carpa del Domador de animales. Estaba ensayando su acto y daba latigazos y sillazos al aire. Su hijo era un niño de cinco años
            -¡Como yo!
            - , pero nunca en su vida le hizo un berrinche.
-...
-Jajaja, bueno, el nene le lustraba las botas.
“Señor Domador”, le dije desde lejos, “investigo la desaparición del elefante…”
“¡No sé nada! Váyase porque me desconcentra.”

Me alejé de la carpa, y en seguida se me acercó el hijo del Domador y me habló:
            “Detective, en este circo todos odian al elefante. Ronca con tanta fuerza que no deja dormir a nadie, y a veces hace ruido porque tiene pesadillas. Pero es mi amigo, y quiero que vuelva. Pregúnteles a los animales, siempre dicen la verdad.”
            -Los animales no hablan, ma.
            -Sí que hablan, pero tenés que saber su idioma. Yo en esa época lo sabía, pero con el tiempo me olvidé. Así que me acerqué a la jaula del león, que hacía malabares con ovillos de lana.
            “Señor León”, le dije, porque me daba miedo, “¿usted sabe dónde está el elefante?”
            “No”, me respondió, “pero vi una sombra que caminaba hacia su jaula.”
            “Gracias”, le dije, y le acaricié el hocico. 

Después fui a donde estaba el tigre, que jugaba  a los bolos con los huesos de los animales que le daban de comer.
            -¿Y había mucha sangre?
            -No, adoran la limpieza, como todos los gatos.
            “Señor Tigre, ¿usted sabe dónde está el elefante?”
            “No, pero escuché que alguien abría la puerta de su jaula.”
            “Gracias”, le dije, y le acaricié una oreja.

            Finalmente hablé con los camellos, que no estaban haciendo nada.
            “Buenas tardes, Camellos, ¿saben dónde está el elefante?”
            “Sí”, respondieron en coro, “vimos a la Asistente del Mago sacarlo de la jaula y llevarlo a su carpa.”
            “Gracias”, les dije, y les acaricié el cuello. 

            Volví a la carpa del Mago y entré sin pedir permiso. La Asistente le masajeaba los pies. Al verme, se levantó de un salto y gritó:
            “¿¡Qué hace acá!? ¡Le dije que se fuera!”
            El dueño del circo apareció de repente y preguntó:
            “¿Qué pasa? ¿Por qué gritan?”
            Yo había encontrado una cortina de colores, y antes de que el Mago hablara, la corrí. Y ahí estaba el elefante, dentro de una jaula, atado con cadenas para que no se moviera.
            “Ya lo encontré”, dije. “Se cerró el caso.”
            El dueño no lo podía creer, se alegró tanto que no sabía cómo agradecerme. El hijo del domador, tampoco, y me dio un beso. Y como ya había terminado mi trabajo, me fui.

            -¿Y por qué el mago había escondido ahí al elefante?
            -Eh… Porque, eeeehhh… porque necesitaba tiempo para sacárselo de encima. ¿Vos sabés lo que es llevarse un animal de ese tamaño sin que nadie te vea?
            -Ah, está bien. Ahora sí me gustó. ¿Me contás otro?
            -¿Otro querés? Dejame pensar un poco…
            -¡Mirá, ma, la fila se mueve!
            -¡Gracias a Dios! Dame la mano, Silvio. Vamos. 


Imagen extraída de http://dondeseescondenlashadas.blogspot.com.ar/2012/05/el-payaso-que-queria-ser-astronauta.html
           

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