20/7/14

Me preocupan más los ladrones

            Mi participación en la escena nº 14 de Literautas: Doce Campanadas.
            Para leer la versión original y los comentarios recibidos, clic aquí.


Apuramos el paso al escuchar las doce campanadas de la iglesia a lo lejos. Era medianoche y Bruno y yo volvíamos a casa después de celebrar nuestro primer aniversario con una pequeña cena. La noche era fresca y estrellada, y los tilos perfumaban el aire. La calle estaba desierta y bastante oscura, puesto que de un lado teníamos las vías del tren, y del otro, un montón de casas dormidas. De vez en cuando cruzábamos un islote de luz de un farol. Yo estaba alegre (había bebido un poco de más) y por algún motivo me divertía el hecho de que esa parte del barrio, a esa hora, pareciera un escenario digno de una película de terror.




-¿Qué harías si ahora se nos apareciera un fantasma? –pregunté de repente. Bruno me miró sin entender durante unos segundos, y luego volvió la vista al frente.
-Me preocupan más los ladrones.
Me acerqué más, lo tomé del brazo y apoyé la cabeza sobre su hombro.
-Dale, ponele onda, ¿qué harías? ¿Le hablarías o…?
-Chst, calláte.

 Sentí cómo su cuerpo se tensionaba, y de pronto oí el sonido inequívoco de unos pasos detrás de nosotros. Me sujetó de la mano y me llevó un poco a la rastra. Los pasos se acercaban. Faltando media cuadra para llegar a la esquina, vi que deslizaba la mano en el bolsillo donde tenía la navaja suiza que siempre lleva con él. En ese momento comprendí la gravedad de la situación.
            En la esquina nos detuvo el semáforo en rojo. Los pasos estaban ya muy cerca. La tensión era insoportable. Ya me imaginaba la tragedia, cuando vi que una mano se apoyaba en el hombro de Bruno y una voz decía:
-Hola, vos sos Bruno, ¿no?

Al instante nos dimos vuelta. Un muchacho jovencito, de aspecto frágil e incoloro, nos miraba a la luz de los autos que pasaban. Me volví hacia Bruno; por una fracción de segundo pareció confundido, pero se recompuso en seguida. Con alivio noté que no había llegado a sacar la mano del bolsillo.
-Sí, soy yo.
El muchacho le estrechó la mano.
-¿Qué tal? Me llamo Pedro; me mudé hace unos días acá a la vuelta y me dijeron que arreglás aparatos.
-Bueno, no, en realidad arreglo computadoras.
-Ah… mirá, tengo un equipo de sonido y necesito urgente que alguien lo mire, me dijeron en el barrio que vos podías. Te vi justo saliendo de la estación y te seguí, no sé a quién más preguntarle…
            -Sabés que de eso no sé nada, no puedo ayudarte, disculpame.
            -Ah, bueno, no es nada, voy a preguntar por otro lado entonces, chau.
            -Chau…
            Se alejó cabizbajo. Bruno y yo nos miramos, y me dijo en voz baja, con los ojos muy abiertos:
            -Casi casi le clavo la navaja en el estómago.

            Nos quedamos observándolo mientras caminaba. Me pareció que se volvía cada vez más translúcido y finalmente se desvaneció en el cono de luz de un farol.

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