29/7/14

Déjà vu

            Mi participación en la Escena nº 16: El parque y el periódico
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El sol le daba de lleno en el rostro. La doctora Solano, profesora de física devenida inventora, se puso la mano en la frente a modo de visera para poder ver mejor. El fuerte mareo inicial iba disminuyendo, pero todavía se sentía atontada. 

            Estaba en el Parque Centenario junto a los puestos de libros usados. “Bueno, al menos es un lugar que conozco bien”, pensó. Desde su adolescencia tenía la costumbre de ir allí cuando deseaba despejar su cabeza. Siempre había algo para distraerse, y siempre volvía a casa sintiéndose mejor. Pero éste no era el caso. Había sufrido una repentina pérdida de memoria, algo totalmente inexplicable, y no podía saber cuán grave era.


            Decidió que lo mejor sería volver sobre sus pasos. Dio media vuelta y anduvo por el sendero. Se sentó en el primer banco que encontró, bajo la sombra de un árbol. A pesar de que el otoño ya había llegado, el sol seguía siendo fuerte. La doctora Solano miró a su alrededor, y vio un diario del día anterior. Tuvo la sensación de haber visto el título antes, vagamente diferente, ¿más nuevo, quizás?  De pronto recordó algo. 

            Había ido al parque para intentar resolver tranquila el problema de funcionamiento de la máquina de salto temporal en la que estaba trabajando desde hacía diez años. Había dejado a sus colaboradores en el laboratorio con la orden expresa de no tocar nada hasta su regreso, y se había llevado consigo el control remoto para asegurarse. Confiaba en ellos, pero ese aparato era el trabajo de su vida. 

            Al pensar en el control, buscó en su guardapolvo y lo encontró: un relojito de bolsillo que había hecho modificar bajo su supervisión estricta. Lo miró unos instantes y pensó en el último problema que tenían: la parte electrónica fallaba y nadie sabía la razón. Su equipo le había insinuado más de una vez que la máquina funcionaba bien; al menos, según las pruebas. El problema era el reloj. El mismo jefe de ingenieros siempre que podía le echaba en cara que arruinaba el trabajo al juguetear con él, cosa que hacía cada vez que se sentía tensa. La última discusión regresó a su mente, y así supo ella por qué estaba en el parque.

            En ese punto, el mareo regresó, tan fuerte como antes. La doctora Solano cerró los ojos y se alegró de estar sentada. Al abrirlos vio que en sus manos todavía tenía el control, y se dio cuenta de que esa vez no sólo no había perdido la memoria, sino que además podía recordar que antes del primer mareo había estado jugueteando con el reloj igual que en ese momento.

Una mariposa pasó volando perezosamente a su lado y por un instante se posó en el borde del banco, junto a ella, y siguió su camino hacia el cantero de enfrente. La mujer giró la cabeza para verla, y notó que el diario del día anterior había cambiado. Tenía otro título.

Y entonces comprendió. El ingeniero en jefe había tenido razón todo el tiempo. El problema siempre había sido el control y ella de alguna manera lo había activado, no una, sino dos veces, con esa manía de jugar con lo que tenía en la mano mientras pensaba.

La euforia la invadió, pero en seguida se dio cuenta de que no tenía idea de cómo regresar.
 

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