9/6/14

Pero que las hay...

Ésta fue mi primera participación en el taller de escritura "Móntame una escena" de Literautas: Escena nº 11: Entre brujas 
(clic en el enlace para ver la consigna)

Finalmente, ante la insistencia de mi marido, decidí visitar a la bruja de mi suegra. Estaba pasando por una crisis vocacional y necesitaba consejo. Mi marido tuvo la gran idea de que me leyera las manos, y se encargó personalmente de las negociaciones:

            -Andá a verla, Anita, no perdés nada con probar, con lo que me costó convencerla…

            Delante de la puerta de la casa (divina, llena de plantas), me pregunté por milésima vez por qué ella me detestaba tanto; por suerte sólo cruzábamos un saludo en las reuniones familiares y muchas gracias. ¿Sería cierto lo que decía Mansilla de los suegros?  
           “Si sigo dando vueltas voy a quedarme acá parada hasta el día del Juicio”, pensé. Toqué el timbre antes de arrepentirme y esperé. 


            Estaba bien arreglada, como siempre. La permanente, impecable, ni un cabello fuera de lugar; la ropa, como recién comprada; hasta el gato que tenía en brazos parecía un muñequito. La cara de asco disimulado que puso cuando me vio fue magistral.

            -Anita, querida, qué gusto verte…
Le devolví la sonrisa.
            -Hola Carola, cómo le va.
            -Pasá por favor.
            -Gracias.
            El sol iluminaba cálidamente el interior, decorado con colores pasteles, carpetas tejidas al crochet y floreros por todos lados. El gatito maulló y se retorció entre los brazos de mi suegra, y ella lo soltó.

            -¿Viste qué linda es? –comentó mientras se le restregaba entre los pies -. La encontré en la puerta hace unos días, pobrecita. Es de raza Bombay, me dijo el veterinario. Por esho shosh tan negra y tenésh esho’ ojo’, mi coshita bonita!
            -Prrrr prrrrrrrrrrrrrrrrrrr

Ah, para hablarle a una mascota sí se le enternecía la voz. Antes de que pudiera responderle, habíamos llegado al living.

            -A ver, sentate.

             Sin ofrecerme nada, tomó mi mano y la miró con un gesto displicente que no duró mucho, porque por una fracción de segundo me pareció ver en su rostro la sombra de una expresión… Pero en seguida me sonrió como antes, y buscó sus anteojos para ver de cerca. Me quedé pensando en lo que había visto. ¿Sorpresa? Sí, creo que sí, algo en las líneas la había sorprendido. No estaba segura de querer saber lo que era, sentí deseos de irme, pero no lo hice.
            Carola volvió a mirar con más atención, como murmurando para sí misma. La gatita saltó ágilmente sobre el sillón que estaba a su lado y comenzó a lamerse una pata. La voz de mi suegra desvió mi atención de ella: 

            -¿Te gustaría tomar una taza de té?
            “¿De repente me aprecia?” Creí notar sinceridad en su nuevo tono, y aunque no quería nada, no me animé a negarme.
            -Es un té de hierbas, probalo y decime qué te parece.

            Tomé un sorbo, y algo pareció cambiar a mi alrededor. Sentí una especie de mareo, una sensación extraña parecida a la embriaguez, pero más lúcida. Carola y la gata me miraban con fijeza, como esperando algo. Se veían igual que antes, pero ¿por qué ahora me parecían siniestras? ¿Y por qué eso no me asustaba?

            -¿Qué viste en la mano? –pregunté azorada.
            -Tu verdadera vocación –dijo mi suegra. –Así que lo tenías oculto en tu interior... El té te está abriendo las puertas de la percepción, tomátelo todo.

            Obedecí, un poco a desgano, y la revelación vino de un golpe. Me paralicé con la taza en el aire, y vi que notaba que había comprendido. Sonrió.
            -Bienvenida a nuestro mundo –dijo una voz. La taza se me cayó de las manos: la gata había hablado. 
            No era necesario que explicaran nada, de repente sentí una especie de clarividencia que surgía de mi interior. Eran brujas. Y yo también.



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