31/5/14

Vida de un lápiz

El lápiz permanecía ocioso sobre la hoja en blanco. Pronto fue tomado por la mano y comenzó a trabajar.

Veloz corría por el papel dejando su huella. Era incansable. Atravesaba las hojas, una tras otra, interrumpido apenas por la necesidad de dejarse sacar punta. A veces, también, debía detenerse para dar paso a su eterna rival, la goma de borrar. Siempre tras él, destruyendo. Se necesitaban mutuamente, pero nunca habría amistad entre ellos.



En seguida el lápiz volvía al trabajo; más y más palabras quedaban detrás. Su tamaño disminuía y las páginas se amontonaban a un costado, pero para él había un solo camino continuo, incesante.

Bruscamente, la mano se detuvo. El lápiz descansó junto a la resma de papel escrito, satisfecho. Le quedaba muy poco tiempo de vida, pues había dejado gran parte de su ser en la tarea, y no sobreviviría a la próxima… pero esa parte había sido suya, y permanecería en las hojas y sería su legado.



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